Pájaros en las turbinas – parte IV

Luego de comer y llegar a su oficina, esperamos sentados afuera un largo rato más, casi una hora aproximadamente.

Salía y entraba gente, y nada. Preguntamos a una chica quien nos dijo que parecía Natalia ya se había ido, luego otra que estaba en el mesón mencionó que ella sabía de nosotros y que ya venía.

Al rato, estábamos a punto de irnos cuando un hombre mayor al que reconocí esa tarde apareció. Le dije:

⁃ Disculpe, ¿le puedo hacer una consulta?

⁃ Si – dijo el señor un tanto incómodo

⁃ Lo vi en la tarde cerca de la supervisora…

⁃ Ah, ¡Natalia!

En ese momento recién supe su nombre. Ahí me comentó que debía estar embarcando y ya tendría que estar cerca

¡Y cuando menos lo pensamos apareció!

Nos saludó y rápidamente nos pidió nuestros pasaportes, entró a su oficina y en menos de 10 minutos y nos dice: «ya, lo resolví. Vengan temprano mañana y yo los hago pasar directo». Dani fue la que más preguntas hizo, yo con solo escuchar «lo resolví» comencé a oír todo como en 2º plano. Así volvíamos a casa, con una nueva esperanza pero de nuevo, muy reservados, rayando en lo escéptico.

Los más apercibidos habrán notado, que lo más sorprendente hasta aquí es que, el menos extraordinario de los retos fue el que nos derrotó. Yendo hacia el principio de este «viaje» antes del verdadero viaje, mucho del éxito de este no dependía de nosotros.

Primero, que la escuela nos aceptará, luego que nuestro consistorio aprobara enviarnos, luego el dinero para viajar, para los pasaportes, y que nos dieran algún porcentaje de beca. Y claro, el más jodido de todos: el permiso de la comisaría virtual para que, con fronteras cerradas pudiéramos salir igual.

Luego, además de eso, todos los retos de ese fatídico domingo. Todos estaban fuera de nuestro control, nada dependía de nuestros recursos o influencias, pero Dios puso su mano, dominio sobretodo y autoridad en cada una de las cosas que enfrentamos. En el aeropuerto, Natalia resolvió internamente lo del consulado en la embajada, el PCR atrasado se resolvía gracias a la cancelación del vuelo, por tanto Iberia nos daba una carta que validaba nuestros resultados ya vencidos, y el tema del apellidos, en serio, fue un milagro que alguien nos contestara.

Aún así, un torpe error, el más común y ordinario de los eventos nos dejaría debajo del avión, desanimados y cabreados. Ese domingo 18 de julio, no iríamos a Alemania.

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